Hace cinco meses comencé un Diplomado de Facilitador de Terapias de Naturaleza que concluyó esta semana.
Cuando me inscribí, lo hice porque me llamó muchísimo la atención el plan de estudios. Había materias de las que nunca había escuchado hablar: ecopsicología, ecología profunda, mindfulness, atención plena y distintas metodologías para facilitar experiencias de conexión con la naturaleza.
Pero si soy completamente honesta, había otra razón.
Venía saliendo prácticamente de un burnout.
Después de muchos años construyendo Vive Trekking, guiando expediciones, emprendiendo y persiguiendo objetivos, me encontraba cansada. Muy cansada. Y aunque la naturaleza siempre había sido mi hogar, sentía que necesitaba volver a encontrarme dentro de ella de una manera distinta.
Por eso, antes de pensar en facilitar estas experiencias para otras personas, decidí vivirlas yo misma.
Y así comenzaron cinco meses que transformaron profundamente mi forma de relacionarme con la naturaleza y conmigo misma.
Durante este tiempo aprendí técnicas de meditación, atención plena, conexión corporal, caminatas sensoriales, paisajes sonoros y prácticas para despertar sentidos que normalmente permanecen dormidos. Aprendí a caminar más lento. A escuchar más. A observar sin necesidad de interpretar inmediatamente todo lo que veía.
Muchas de las experiencias fueron sorprendentes.
Algunas incluso podrían parecer místicas.
Y lo digo siendo una persona que lleva más de quince años practicando deportes de naturaleza: montañismo, trekking, ciclismo, senderismo y alpinismo.
Pensaba que conocía profundamente la naturaleza.
Pero me di cuenta de que una cosa es recorrerla y otra muy distinta es escucharla.
Por primera vez en mi vida tuve experiencias que me hicieron sentir que podía entablar una relación con las plantas, con el agua, con los árboles y con otros seres vivos de una manera mucho más profunda de lo que imaginaba posible.
Sé que esto puede sonar extraño para algunas personas.
A mí también me habría sonado extraño hace algunos años.
Sin embargo, una de las enseñanzas más importantes del diplomado fue comprender el concepto de agencia: la capacidad que tienen los seres vivos de ejercer su propia voluntad.
Las plantas tienen agencia. Deciden hacia dónde crecer, cómo adaptarse, cómo relacionarse con su entorno.
El agua tiene agencia. Encuentra caminos, rodea obstáculos, continúa fluyendo.
Los animales tienen agencia.
Y cuando comenzamos a reconocer esa voluntad en los demás seres vivos y nos relacionamos con ellos desde el respeto, incluso pidiendo permiso o estableciendo una intención consciente de encuentro, empiezan a aparecer mensajes que normalmente quedan ocultos bajo el ruido cotidiano.
No porque los seres vivos hablen en palabras.
Sino porque nosotros aprendemos a escuchar de otras maneras.
Otra de las grandes revelaciones para mí fue descubrir que nuestro cuerpo percibe mucho más de lo que creemos.
Crecemos pensando que conocemos nuestros sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto.
Pero en realidad existen muchos más.
Durante estos meses descubrí, por ejemplo, el sentido que nos permite percibir la gravedad y sentir la atracción constante hacia el centro de la Tierra. Descubrí sensaciones corporales que nunca había notado y capacidades de percepción que permanecían dormidas detrás del ritmo acelerado de la vida cotidiana.
Todo esto ocurrió en momentos de profunda calma.
En silencio.
Escuchando menos el mundo exterior y prestando más atención a mis propios paisajes internos.
Y quizá eso es lo que más me llevo de esta experiencia.
No aprendí solamente técnicas para facilitar terapias de naturaleza.
Aprendí a volver al presente.
Aprendí a habitar mi cuerpo.
Aprendí a escuchar.
Y aprendí que la naturaleza tiene muchísimo que enseñarnos cuando dejamos de verla únicamente como un escenario para nuestras actividades y comenzamos a relacionarnos con ella como una comunidad viva de la que formamos parte.
Hoy termino el diplomado con una enorme sensación de gratitud.
Gratitud por todo lo aprendido.
Gratitud por las personas que compartieron este camino.
Y, sobre todo, gratitud por haber recordado algo que, en el fondo, siempre estuvo ahí: que la naturaleza no es algo que está afuera de nosotros.
Somos naturaleza.
Y tengo muchas ganas de compartir ese descubrimiento con más personas.
Pero quizá lo más importante es lo que ha pasado después de estos cinco meses.
Cuando comencé este proceso venía saliendo de un burnout. Me sentía agotada física, mental y emocionalmente. Hoy me siento mucho más en calma, mucho más en mi centro. No porque la vida sea menos compleja o porque hayan desaparecido los retos, sino porque ahora cuento con más herramientas para escucharme, para reconocer las señales de mi cuerpo y para relacionarme de una manera más consciente con mi energía y mis límites.
Siento que este diplomado no solo me enseñó prácticas para facilitar experiencias en la naturaleza. Me enseñó a habitar mi propia naturaleza.
Terminamos el diplomado con un temazcal. Es una práctica de sanación que me encanta y que he tenido la fortuna de vivir varias veces. Hay un momento muy especial al entrar: colocas la frente en el suelo y expresas una intención. Una frase que escuché durante este cierre fue: “por mí y por todas mis relaciones”.
Y al escucharla comprendí que eso resume perfectamente lo que significaron estos cinco meses para mí.
Por mí y por todas mis relaciones.
Por mi relación conmigo misma.
Por mi relación con la naturaleza.
Por mi relación con mi familia, mis amigos y mi pareja.
Por mi relación con mi trabajo, con mi comunidad y con el mundo que me rodea.
Porque cuando aprendemos a estar más presentes, a escuchar más profundamente y a vivir con mayor conciencia, no solo nos transformamos nosotros. También transformamos la manera en que nos relacionamos con todo lo demás.
Y creo que ese ha sido el regalo más grande de este camino.





